-¿Qué ocurre? -preguntó con su voz siempre grave y monótona-. ¿Quién llama de este modo?
Algo importantísimo debía ser para que el pobre Sansón se atreviera a despertar a Don Vicente. El jefe era un hombre de mediana edad, calvo y relativamente grueso. Su rudo carácter hacía de él un hombre casi inaccesible. El simple y educado saludo de uno de sus empleados podía convertirse en toda una osadía, sobre todo en uno de esos que él llamaba “malos días” y que, por experiencia, todo el mundo en el circo sabía que eran casi todos.
-¡Ah, eres tú! -exclamó al abrir la puerta, terminando todavía de abotonarse el chaleco de su sempiterno traje azul-. ¿Qué pasa, por qué me despiertas, Sansón?
-Don Vicente…, Basy…, yo…
El pobre Sansón, entre la fatiga y el miedo, no podía ni hablar. Las palabras y el aliento resultaban muy costosos. Por si fuera poco, ya tenía a sus espaldas, bajo la escalerilla del remolque de Don Vicente, a todo un enjambre de artistas circenses con variadas intenciones.
-¿Se puede saber qué llevas ahí, atontado? -La siempre escasa paciencia del patrón empezaba a agotarse-. ¡Explícate de una vez!
Cuando finalmente Sansón había empezado a narrar lo sucedido, Nora, la esposa del mago Carlo Antognoni, descubrió, en los brazos del forzudo, el rostro de un bebé con unos preciosos ojos azules, ahora entreabiertos e incomodados por la claridad.