El hombre contemporáneo, informado sistemáticamente de todo lo que pasa en el globo, poseedor de la tecnología suficiente para intercambiar datos, imágenes y comentarios con cualquier persona, aunque esta persona viva al otro lado del planeta, se ha vuelto incapaz de ser un individuo verdaderamente comunicativo.
Con todos los recursos para construir su imagen y su personalidad a su antojo, se halla totalmente alejado del individuo que proponían: Nietzsche y Kierkegaard, del hombre que se forma una verdad propia y se adhiere a ella sin reservas.