“Por los
profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera
de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres (cf. Is 2,2-4),
y que será grabada en los corazones.” (cf. Jr 31,31-34; Hb 10,16).
(CIC 64).
"Muchas
veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de
los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo" (Hb 1,1-2).
(CIC 65).
A través
de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su
Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3):
«Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las
Escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los
escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita
sílabas porque no está sometido al tiempo» (San Agustín, Enarratio in
Psalmum,103,4,1). (CIC 102).
Los
cuatro Evangelios ocupan un lugar central, pues su centro es Cristo Jesús. (CIC 139).
La
unidad de los dos Testamentos se deriva de la unidad del plan de Dios y de su
Revelación. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo mientras que éste da
cumplimiento al Antiguo; los dos se esclarecen mutuamente; los dos son
verdadera Palabra de Dios. (CIC 140).
Por la
fe, el hombre somete completamente su
inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su
asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5). La sagrada Escritura llama
«obediencia de la fe» a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf. Rm 1,5;
16,26). (CIC 143).