Las
virtudes teologales son la fe, la esperanza y la caridad. La fe es la virtud
teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que
la Iglesia nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. La esperanza es
la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como
nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la
ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin
de nuestra vida terrena. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a
Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor
a Dios. Jesús hace de ella el mandamiento nuevo, la plenitud de la Ley. Ella es
«el vínculo de la perfección» (Col 3, 14) y el fundamento de las demás virtudes, a las que
anima, inspira y ordena: sin ella «no soy nada» y «nada me aprovecha» (1 Co 13,
2-3). (CCIC 385-388).
El
pecado es «una palabra, un acto, una negligencia, o un deseo contrarios a la
Ley eterna» (San Agustín). Es una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez
de responder a su amor. Hiere al hombre y atenta contra la solidaridad humana.
(CCIC 392).
Acoger
la misericordia de Dios supone que reconozcamos nuestras culpas,
arrepintiéndonos de nuestros pecados. (CCIC 391).
La variedad de los pecados
es grande. Pueden distinguirse según su objeto o según las virtudes o los
mandamientos a los que se oponen. Se los puede también distinguir en pecados de
pensamiento, palabra, obra y omisión. (CCIC 393). En cuanto a la gravedad, el
pecado se distingue en pecado mortal y pecado venial. (CCIC 394).
Se
comete un pecado mortal cuando se dan, al mismo tiempo, materia grave, plena
advertencia y deliberado consentimiento. Este pecado destruye en nosotros la
caridad, nos priva de la gracia santificante y, a menos que nos arrepintamos,
nos conduce a la muerte eterna del infierno. (CCIC 395).
El pecado venial, que se
diferencia esencialmente del pecado mortal, se comete cuando la materia es
leve; o bien cuando, siendo grave la materia, no se da plena advertencia o
perfecto consentimiento. Este pecado no rompe la alianza con Dios; sin embargo,
debilita la caridad, ... , impide el progreso del alma
en el ejercicio de las virtudes (CCIC 396).