La oración empieza con la invocación: Padre Nuestro que estas en el
cielo. “La expresión bíblica «cielo» no indica un lugar sino un modo de ser:
Dios está más allá y por encima de todo; la expresión designa la majestad, la
santidad de Dios, y también su presencia en el corazón de los justos. El cielo,
o la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia la que tendemos en la
esperanza, mientras nos encontramos aún en la tierra. Vivimos ya en esta
patria, donde nuestra «vida está oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 3).” (CCIC 586).
Dios está fuera del espacio y del tiempo, esto es difícil de concebir, pues
nuestra existencia terrenal se desarrolla en esta categoría espacio temporal.
En el Padre Nuestro, las tres
primeras peticiones tienen por objeto la Gloria del Padre: la santificación del
nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras
cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a
nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro
combate por la victoria del Bien sobre el Mal. (CIC 2857).
Al rezar el Padre Nuestro experimentamos una relación filial con Dios, no es decir algo desatendido, tedioso y repetitivo, es hablar y dialogar con Dios, que desea tener intimidad y amistad, es un don, un regalo para compartir su alegría y entrar en su descanso, que nos trae paz y descanso a nuestra alma; no es un deber o una obligación, es también un combate duro y serio, pues hay muchas tentaciones del maligno, la principal es asumir que no se tiene tiempo. Hay que tener conciencia que nada somos sin la gracia de Dios, Jesucristo afirma: “separados de mí no podéis hacer nada.” (Jn 15, 5b).
Todo el Antiguo Testamento de la Biblia (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se cumple en Cristo (cf. Lc 24,44). El Padre Nuestro es parte del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7). «Esta oración es la más perfecta. En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene exponerla.» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 83, a. 9). (cf. CIC 2763)